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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, mayo 28, 2005

MÁS SOBRE IGNATIUS

Respecto al hecho de que Ignatius pueda o no tener razón al detestar la falta “de geometría y de teología” de la inmensa mayoría de los seres y las cosas que para su desgracia e impaciencia lo rodean, lo acertado o desacertado de su juicio no es lo más relevante del mismo, sino su carácter valerosamente insólito, inevitablemente minoritario, melancólicamente destinado a la incomprensión generalizada. En estas debilidades radica su fortaleza, aquello que mueve a la simpatía y al respeto a los pocos lectores bien nacidos. Hay algo abyecto y cobarde en defender lo “correcto”, lo “respetable”, lo “sensato”, lo “decente” (quizá incluso lo “racional” o hasta lo “razonable”); algo profundamente conformista y borreguno. Esto es lo que se espera de nosotros que hagamos, y por ello es servil el hacerlo. Ignatius es grande porque defiende el absurdo. Su inmenso volumen físico de mole da testimonio de la inmensidad de su alma, y tanto las dimensiones titánicas de ésta como las de su cuerpo lo condenan a la burla y la irrisión de los ruinmente pequeños. Los enemigos de Ignatius nos rodean. Veo su espíritu mezquino en los locutores políticamente correctos que “filosofan” sobre la “inmoralidad” de la piratería, en las señoras que regentan despensas y pontifican sobre la “inmoralidad” de resistirse a las prepotentes campañas de vacunación estatales en nombre de la libertad individual, en todos esos seres ínfimos y cicateros que, policías sin salario ni contrato, policías espontáneos, defienden la conveniencia de sus amos por puro y desinteresado amor al poder (ajeno), en todas esas personas que experimentan un respeto instintivo ante la autoridad y ante la ley, en todos esos esclavos felices y pyragüés por vocación que nos acechan, siempre a la caza de incorrecciones que justifiquen su censura y sus pedestres homilías, mediante las que se vengan en nosotros de las frustraciones de sus vidas de sirvientes. Los cuentos de hadas no suelen relatar los acontecimientos posteriores a las bodas del héroe con la princesa, porque tras el matrimonio comienza la rutina y acaba la aventura, y con ella la grandeza que brinda la adversidad. De la misma manera, La conjura de los necios termina donde comienza la buena fortuna de su protagonista (si bien ésta parece un tanto incierta, o al menos no se anuncia exenta de peligros e inestabilidades), porque la gloria de Ignatius es el fracaso, no el triunfo. Hay más autenticidad en el fracaso: sólo él hace de nosotros lo que realmente somos. En el triunfo todo es apariencia y superficie. Y en un mundo donde los necios son poderosos, el aplauso insulta y el desdén halaga. La bien o mal llamada “realidad”, que es el imperio de la estupidez, tiene sus militantes y sus desertores, y sabe bien premiar a aquéllos y castigar a éstos. Pero, para desgracia de los “sensatos”, sus “premios” son baratijas (dinero, generalmente) y su “castigo”, no pocas veces, es la inmortalidad. Por eso Ignatius, el gran fracasado, el gran desertor (que deserta de todas las formas posibles y para quien la misma pereza –que en nuestro mundo hace indigno de respeto a todo el que no trabaja y lo condena, más tarde o más temprano, a la existencia marginal del paria– es una forma de deserción), aquel de quien nadie dejó de reírse, sobrevivirá para siempre a sus –nuestros– enemigos. Él, el obeso grotesco, el medievalista erudito y trasnochado, que resulta absurdo y cómico en un mundo en el que cosas como el “marketing” son disciplinas universitarias, el fantoche desarrapado y sucio que resultaría “impresentable” en la mayor parte de todas las reuniones sociales imaginables, el “perdedor” tan perdedor que fracasa incluso como vendedor de panchos, será mientras haya humanidad el estandarte de todos los grandes condenados por los pequeños a la ruina. Él será nuestro adalid. Él será nuestra venganza.

2 comentarios:

nico dijo...

"Lo importante es perder", se titula una novela de Pérez Subirana, un español al que le fue muy bien con el libro. Aquí un poco de info:

http://www.unilibro.es/find_buy_es/product.asp?sku=386450&idaff=0

Suele suceder, ¿no?, que los mejores defensores de lo que un amigo da en llamar "El Todo Mal" -o la elección consciente de la peor opción-, escriben un best-seller y les va genial. Fréderic Beigbeder es otro ejemplo: príncipe de la publicidad en Francia, escribió la novela auténtica sobre ese mundo de mierda, una novela anti-exitista, muy buena, lo despidieron y el libro fue un éxito comercial. Ahora le va mejor.
Más info: http://www.um.es/tonosdigital/znum8/Teselas/4-EUROS.htm

¿Y fue la mera Fortuna la que le otorgó esa coherencia a Kennedy Toole, el suicidado de las editoriales?

De todas formas, esta gran novela es el registro de una civilización perdida: Nueva Orleans.

La conjura la pueden descargar de la red, pa' quien guste reventarse los ojos:
http://www.milnueve84.com.ar/Mis_Archivos/Descargas.htm

nico dijo...

¿Por qué perder? Kafka nos lo explica:

"Si bien se piensa, no es tan envidiable ser vencedor en una carrera de caballos. La gloria de ser reconocido como el mejor jinete de un país marea demasiado, junto al estrépito de la orquesta, para no sentir a la mañana siguiente cierto arrepentimiento. La envidia de los contrincantes, hombres astutos y bastante influyentes, nos entristece al atravesar el estrecho pasaje que recorremos después de cada carrera y que pronto aparece desierto ante nuestra mirada, exceptuando algunos jinetes retrasados, que se destacan diminutos sobre el borde del horizonte. La mayoría de nuestros amigos se apresuran a cobrar sus ganancias y sólo nos gritan un lejano y distraído "¡hurra!", volviéndose a medias, desde las alejadas ventanillas; pero los mejores amigos no apostaron nada a nuestro caballo porque temían enojarse con nosotros si perdíamos; pero ahora que nuestro caballo venció y ellos no ganaron nada, se vuelven cuando pasamos a su lado y prefieren contemplar las tribunas. Detrás de nosotros, los contrincantes, afirmados en sus cabalgaduras, tratan de olvidar su mala suerte y la injusticia que en cierto modo se ha cometido con ellos; tratan de contemplar las cosas desde un nuevo punto de vista, como si después de este juego de niños debiera comenzar otra carrera, la verdadera. Muchas damas consideran burlonamente al vencedor, porque parece hinchado de vanidad y, sin embargo, no sabe cómo encarar los interminables apretones de manos, congratulaciones, reverencias y saludos desde lejos, mientras los vencidos se callan y acarician ligeramente las crines de sus caballos, muchos de los cuales relinchan. Finalmente, bajo un cielo entristecido, empieza a llover."