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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

sábado, mayo 28, 2005

LA CONJURA DE LOS NECIOS

En 1976, el profesor W. Percy empezó a recibir insistentes llamadas de una señora desconocida que quería que leyera una novela escrita por su hijo, ya muerto, a principios de los 60. El profesor Percy, aburrido de antemano, se sentía muy fastidiado. “¿Y por qué iba yo a querer hacer tal cosa?”, le preguntó. “Porque es una gran novela”, contestó la señora desconocida, que, tenaz, logró presentarse ante él con el voluminoso manuscrito, que, para colmo de males, resultó ser una copia a papel carbón, apenas legible. El profesor Percy sólo tenía una esperanza: leer unas cuantas páginas y comprobar que aquel mamotreto era lo bastante malo como para no tener que seguir leyendo. Comenzó a leerlo y lo invadió una emoción creciente, que pronto se transformó en incredulidad: no era posible que fuera tan bueno. El mismo fenómeno se produce con todo lector que conoce a Ignatius J. Reilly, bicho raro si los hay, “una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso fundidos en uno”, como lo definiera el profesor Percy. Ignatius J. Reilly, en combate abierto contra la decadente edad contemporánea, con su atroz falta de buen gusto y su ausencia “de teología y de geometría”, gran glotón, devorador de bollos y golosinas, ideólogo singular, ardiente cruzado en pie de guerra contra el siglo XX, fino conocedor de Boecio, intelecto brillante y excéntrico, figura obesa y ventruda cuyo exceso de masa cárnica es como la materialización de su inteligencia descomunal y monstruosa y de la vastedad, obesa también, de su erudición estrafalaria, hipocondríaco obsesionado con las “obstrucciones” de su “válvula pilórica” (¿?), dolencia que él es quizá el único ser humano en padecer, holgazán empedernido, carente por completo de las “virtudes” del burgués moderno: laboriosidad, ahorro, economía, ambición material, responsabilidad, cálculo a mediano y largo plazo, afán de lucro y, en fin, todo lo que constituye el “sentido de la realidad”. Gigantesco aborto de una Fortuna cruel o bromista que lo ha depositado para su ruina entre gentes incapaces de entenderlo, pasea su volumen descomunal, signo y emblema de su grandeza interior que de esta forma grotesca se distorsiona en caricatura, por las callejuelas estrechas y opresivas de una realidad liliputiense a la que su alma, como su cuerpo, excede, y que le queda chica. Condenado al “fracaso” de la indigencia o del manicomio, su lunática “comedia”, pese a que llena de grandes carcajadas las horas de lectura, encoge el corazón por la fatalidad de un destino que parece planear como un buitre sobre todos aquellos que se atreven a no ser lo que de ellos se esperaba. No es casual el epígrafe de Swift que abre el libro: “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Ignatius, este Falstaff de Louisana, este guerrero solitario que no esconde su lucha contra el mundo, parece condenado a un final doloroso, pese a su alta estatura, fortaleza y reciedumbre carnal y pese a las dimensiones raquíticas y enanas de sus innumerables enemigos. Pero las malévolas expectativas de los necios se frustran, y su conjura fracasa, y Fortuna, esa vieja deidad en la que Ignatius nunca, ni en los momentos de mayores pruebas, si bien la increpó, dejó de creer, premia su fe boeciana haciendo girar su rueda hacia arriba, y un “happy end” nada hollywoodiense regocija y alivia el ánimo del atribulado lector antes de devolverlo a la realidad infausta, con sus infamias y sus tristes episodios, episodios tan tristes como el que ocurrió en 1969, cuando John Kennedy Toole, el brillante autor de esta opera magna, La conjura de los necios, se suicidó a la edad de 32 años. Pero la ficción sigue erigiendo, frente a la penosa “realidad”, su universo paralelo para siempre en estas páginas. Único universo donde la miopía de los espíritus plebeyos no triunfa de los grandes y estos reciben el premio que merecen. La conjura de los necios (A Confederacy of Dunces) fue publicada póstumamente por la editorial de la Universidad Estatal de Louisiana (en la cual, en su paralelo mundo ficticio, Ignatius J. Reilly estudió y sembró el terror entre algunos profesores que nunca lo olvidarán) en 1980, recibiendo el Premio Pulitzer en su país y, al año siguiente, el Premio a la Mejor Novela Extranjera Publicada en Francia. Está editada en español por Anagrama.

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