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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, abril 28, 2005

Saliva delirante

Escribir es como vivir, sentir íntimamente el peso de una palabra como el de cada objeto que nos rodea; como la luz ambigua, la frase o el párrafo que nos circunda y habitamos. Escribir es vivir, no de otra manera, es vivir tan realmente un delirio, el delirio que impregna toda faceta de la realidad, que acaso se podría decir, para tratar de encontrar un centro concreto de oposición y antinomia entre vida y delirio, que es vivirlo de una forma más solitaria, más cruelmente solitaria en la intensidad de los goces y dolores que proporciona. Más que la distancia entre la realidad y la ficción, lo que media entre vida y literatura es que no cumplimos, por ejemplo, nuestras obligaciones cotidianas con la intensidad con la que leemos un libro. Pero hay tal vez una diferencia más radical entre la vida y la escritura. Escribir es vivir de raíz, incesantemente, de una forma altamente interna y vital. Con esa certeza de los actos y esa vitalidad para con los días que a veces nos faltan en la existencia cotidiana. Hay un a priori optimista en la primera frase de un escritor. Hay un a priori pesimista (temor-angustia-soledad-impotencia) en el primer gesto del humano: el llanto del niño recién nacido. A menos que consideremos el llanto, el alarido, el dolor hecho carne, la carne convulsión, la convulsión dolor, como signo de exhuberancia y vitalidad. Al final, el vagido no es más que la manifestación de lo elemental y primitivo, de aquello totalmente separado de lo cultural, del ser lanzado al mundo. Y primitivos y salvajes no son los nambicúaras, y culturalizados no son sólo los europeos. Los europeos y los nambicúaras son simplemente dos culturas distintas, diferentes estructuralmente, como ya sabemos por Levi-Strauss. Pero si llamamos humano a lo cultural, y primitivo a todo lo que no pertenece (exclusivamente) a ello o no ha sido influenciado radicalmente por ello, podríamos decir que lo primitivo pertenece por excelencia al vagido del niño recién nacido (el primal scream que según Janov al final determinará todo el patrón cultural del adulto) y al cuerpo inmovilizado por la muerte, al cadáver (ni siquiera el estertor de la agonía sería considerado primitivo o salvaje desde esta perspectiva, ya que pertenecería a la esfera de lo influenciado por lo cultural, y esto implica lo histórico. Se podría escribir muy bien la historia de los gestos agónicos, desde Adán hasta el hombre metido en una nave espacial, y se tendría una gama ilimitada de posibilidades de reacción ante la muerte). De esto se desprende que tan artificial como el escribir es el vivir. Sustancias semejantes pero no idénticas, vida y escritura tienen distintas dinámicas, visibles en el optimismo que inaugura la una y el sufrimiento que inaugura la otra. Un poco de orden. Si escribir es vivir un delirio, es decir, vivir más intensamente que la vida profana, si es una estética y una ética, un puro discurrir espacio-temporal hedonista, si es un sibaritismo del juego y no el sudor bíblicamente resuelto en trabajo, ¿dónde queda el concepto de la producción? Trabajar materialmente sobre la realidad es producir vida, cultura. Escribir sobre un papel blanco es vivir-avanzar sobre la niebla de las emociones intensas, a la par que producción material de enviroment psicodélicos, espacio-tiempos de estupor; implica saltar de estupor en estupor, jugar con fantasmas. Todo esto es resumible en: a) la distancia entre la producción de estupor y el jugar en medio de estupores. El trabajador produce objetos-estupores. El artista juega y produce entre los propios estupores que origina. El trabajador produce objetos-estupores que le son ajenos, que no comprende ni desea, que en verdad no expresan su auténtico estupor íntimo, que no fagocita, deglute ni incorpora, que no son suyos y que no le importan, salvo por el salario que recibe por haberlos producido. Pero los estupores que produce el artista son sus propios estupores; sus objetos son la materialización del estupor que le habita como sujeto; son suyos, y, en esa medida, inalienables, no susceptibles de compra o salario; irreductibles a la lógica del intercambio mercantil, se sustraen a la maldición bíblica del trabajo propiamente dicho, y por ello no desea, ni puede, desprenderse de ellos, y con ellos, con sus secreciones o excreciones, hechas de la misma sustancia que lo constituye, como el molusco hace su casa o caparazón a partir de su baba, él hace su mundo reintegrándolos a su ser. Tras objetivarse en ellos, los reincorpora a su subjetividad, para volver a producir siempre nuevos estupores y seguir jugando en medio de estupores. Todo es cuestión de saber moverse, de ritmo interior, de “espíritu”. La especie con peor sentido del ritmo interior, casi una especie integrada por maniacos aquejados de vértigos y fobias, es la del productor del tardocapitalismo consumista. Usemos algunas imágenes para tratar de aclarar este punto: escucha su ritmo, pero sin embargo no lo sigue, no danza, y no repite la burda cancioncilla con la cual fue originariamente hechizado. Otra imagen aproximativa: excreta, pero no come sus excrementos. Se desprende de todo lo que crea o produce con idéntico asco. Por eso prefiere la limpieza todo el tiempo; cuanto más friccionado tiene el culo, menos placer necesita, ya que ha perdido el gusto de vivir, siempre evitando extraviarse en medio de la constelación de los matices. Es frío y seco, sólido y estable, siempre tratando de olvidar los escozores de su trato con la batahola de su sobreproducción, que le es ajena e incomprensible. El mundo reducido a BIT, es decir, perdida la noción del matiz. El escritor es como un molusco lanzado a un mundo que le preexiste y le precomprende. Ese mundo incita en él su savia vital, de forma que modela su mundo sobre el ya preexistente con su propia secreción, y al adquirir así su alma realidad material, o ilusión sensorial (da lo mismo, para no perder tiempo en disputas), empieza a sorber esa secreción, y lo ilusorio se ha hecho concreto. Resumiendo: el escritor segrega el mundo nuevo (la ilusión) a partir de la incitación del mundo preexistente a él, para luego volver a sorberlo. El escritor no hace más que envolver permanentemente con su saliva delirante, incubada en la soledad, los objetos-estupores del mundo.

1 comentario:

viudobeodo dijo...

Es algo parecido a lo del "Retrato del artista paraguayo", el joven que quiere en el fondo hacer de la "realidad" algo verdaderamente REAL, tan REAL como el arte. Que la vida imite a la literatura. Cuando se deja de desear esto, comienza la vejez.