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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, abril 20, 2005

Padres e hijos

¿Podrías decirme, amigo, vos en quien se aúnan de forma tan magistral la cortesía y la sinceridad, por qué tuvo que matar Turgueniev, como creador absoluto y caprichoso, a su héroe Bazárov en la novela Padres e hijos? ¿Por qué matar a Bazárov, el único héroe positivo de toda la maravillosa y trágica narrativa rusa del siglo XIX (si creemos en el crítico exiliado Marc Slonim), de la, para mí, obra maestra indiscutible de ese género decimonónico de la novela realista fiel a las descripciones y al reflejo especular de lo actual y real? Porque, vos coincidirás conmigo, en el fondo Bazárov era un buen tipo, dentro de los límites de lo real y del contexto que le tocó vivir o representar. Para mí ésta es una respuesta por la cual pagaría en monedas de oro (es una hipérbole a lo Cioran, es decir, peco de dandismo, decadentismo, etc.). Pues la fidelidad al trabajo (no sé si a la familia; en todo caso, hay un leve acercamiento final a ella, que está tan lejos de su mundo y de su “ambición” de socavamiento de las tonterías y quisquillosidades czaristas) termina matándolo. ¡Maldita aldehuela con aquel medicucho sin piedra infernal para cauterizar heridas, por incuria del cual el relato liquida a su héroe! ¿O es que el proto-freudiano de Turgueniev nos quiere decir que él mismo ya está muerto en el fondo, cuando la dama gélida y mezquina más que nihilista lo desdeña? ¿Que ya está muerto, vamos, que se suicida al entregarse tan atolondradamente a su trabajo científico? Era un buen tipo, y, a pesar de que menospreciara el arte, el romanticismo, sucumbe al amor por la viuda Ana, de la que terminará por huir. Esta mujer, mezquina, perezosa, más bien débil que cruel, no se atreve a entregarse a él porque teme perder el confort, la comodidad, únicos valores reales que aún persisten en medio de un mundo, el mundo del viejo orden czarista de la Santa Madre Rusia, que se desploma. Es cierto, también hay un tufillo en la viuda de corruptela, si recordamos que fue para salir del ahogo económico en el que la había dejado la vida disipada de su padre que aceptó casarse con el señor maduro, terrateniente salvador para una joven a merced de la pobreza y de la amenaza del marchitamiento de su espíritu refinado. Se ha vendido al Mefistófeles de más baja estofa, al Mefistófeles de opereta del desahogo económico, del confort, de la molicie… Turgueniev necesita matar en Bazárov, su alter-ego, al hombre que él fue, al que nunca pudo materializar totalmente su amor en la vida real por la hermana de la Malibrán, la hija del célebre tenor español García y esposa del director de la ópera italiana de París: la cantante Paulina García Girardot. Turgueniev pudo vivir toda su vida cerca de ella, pero jamás tenerla (que yo sepa, nunca hubo siquiera un menàge a trois, ni tan sólo vulgares encuentros clandestinos acordados fuera del ojo de su marido). Nunca logró concretar su pasión. Ella no fue Madame Bovary, aparentemente, ni intentó vencer una cárcel provinciana que la sojuzgara (a pesar de que Turgueniev frecuentara a Flaubert, no conoció a ninguna Bovary). ¿Tenía que matar todo dejo de bovarismo en su obra, contra admirado amigo Flaubert? Su novela refleja simbólicamente la tragedia callada que lo habitaba. Nadie se hubiera enojado si Bazárov terminaba de médico rural, al lado de sus padres, seres solitarios y despreciados por la nueva generación, progresista y subversiva, por su obsolescencia, por su caducidad, por seguir mostrando inercialmente en sus hábitos el antiguo mundo supersticioso y sentimentaloide y la vetusta ideología de su generación anticuada. Todas estas cuestiones me rondan, pues “La traición”, tercer cuento de mi proyectada Trilogía del fracaso paraguayo, las sugieren. Creo que este cuento toca la misma llaga y atosiga la misma aporía. El protagonista traiciona su carrera, su arte, por mantenerse fiel a sus padres, al mundo que lo modeló, matándose. Bazárov, con su muerte en plena tarea progresista-humanitaria, es fiel al futuro, a los hijos del mundo por venir, y deja atrás a Ana, al romanticismo, al sentimentalismo, al capricho personal. ¡Qué importan en el mundo las quisquillosidades pequeñoburguesas y la subjetividad alocada y sin sentido, siempre atediada y sin norte! Incluso deja a sus padres (esto último no queda muy claro, porque los progresos de la ciencia, a pesar de equivaler a la vanguardia de lo utópico o edénico, buscan conservar todavía el presente y el pasado, buscan sanar las heridas de los enfermos y pobres y los males del cuerpo, perpetuar la vida, hozar incluso en busca de los viejos elixires alquímicos, y buscan también que aquellos a quienes amamos habiten eternamente a nuestro lado). ¿A quién le interesaron en serio alguna vez, sincerémonos, las melancolías estériles del egoísmo, ni aun los éxitos individuales, si el mundo se resquebraja en su dolor inexpurgable y nos engulle? ¿Qué importancia puede haber en que alguien haya hecho y firmado “La pietá”, o en que haya llegado a convertirse en Bill Gates, si el mundo es horrible y sigue siendo horrible después de todas nuestras genialidades? ¿Qué importa ser feliz solos o de a dos en un mundo de desahuciados y ultrajados? Parafraseando a no sé quién, un solo pobre en el mundo es prueba irrefutable, no sólo de la inexistencia de Dios, sino también de nuestra culpa esencial, de nuestro pecado estructural, casi ontológico, de nuestra negligencia y omisión con respecto a las arbitrariedades del statu quo; un solo pobre en el mundo imposibilita de entrada la risa, mi contento personal, mi autosatisfacción, descabeza todo humor posible. Quizá quepa decir que el optimismo es conservador, y la alegría, reaccionaria. (Bloy y Dostoievski lo intuyeron muy bien y hace mucho tiempo, cuando exclamaron que por qué hacer sufrir a los niños, si ellos no tienen parte en la culpa de los padres, en el juego sucio y codicioso de los padres, o por qué hacer sufrir a los pobres, si ellos sólo hicieron siempre los oscuros papeles de las víctimas y los humillados en el gran teatro del mundo). “La traición” citará profusamente La incógnita del hombre de Alexis Carrel, sin mencionarlo explícitamente nunca; sólo para entendidos. Abusará de las enormidades de este premio Nóbel anotado en la lista negra de los salvadores de la Francia ocupada por los nazis. Conclusión: son imposibles el humor y la trivialidad. Nos queda la seriedad que no puede ya conocer la ligereza feliz de la risa. Nada puede conmovernos ni soliviantarnos... hemos superado la frivolidad. O lo opuesto: ahora otorgaremos el gran perdón dostoievskiano a todos: nadie será ya despreciable ni estúpido, todo será bello y deberemos escuchar y admirar a todos, pues tenemos lo que tenemos, el presente y sus cuerpos, entre ellos aquellos a quienes amamos de forma especial, aunque no nos percatemos de todo esto en el vértigo de los instantes. Volver a Platón, comprender su gran enseñanza, oculta como la carta robada ante los ojos de burro de los dupines contemporáneos: imposible amar aquello que cambia, se transforma, se pudre, se pierde, muere. Abdicar de las fidelidades a lo que desaparece y es perecible y se acaba. Amar sólo lo inmarcesible, aquello extranjero, aquello que no es de acá, de este reino infernal, de este laboratorio del dolor, como lo llamaba Keats, amar lo inmodificable, las ideas, aquello que habita en un mundo que no sufre cambios, que no está sujeto a mudanza ni caducidad, que encierra en sí mismo su verdad para siempre, por encima de los vaivenes del tiempo y de la historia, que es como la íntima elocuencia –para todos y para nadie– del Ser…

2 comentarios:

Jimena dijo...

Yo también detesté que matara a Bazarov. Sin embargo, y aunque tal vez suene estúpido, Turgueniev necesitaba mostrar muriendo a Bazarov para mostrarlo entero, para mostrarlo también ante la realidad de su propia muerte.

Creo.

Viudo Beodo dijo...

Quizá sea una fatalidad no biológica, sino social, la muerte de Bazarov. Quizá es "su" (¿"su"?) mundo el que lo mata, precisamente porque no es su mundo. Pero, como dice Jimena, puede ser que Turguéniev le diera más realidad al matarlo. Me gusta la idea de Kurupicho de que Turguéniev se mató en él a sí mismo. ¿Y qué hubiera pasado si no hubiera muerto? ¿Se habría convertido en alguien "respetable" (perdiendo así su esencia)?