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KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

miércoles, abril 27, 2005

El viejo caballero

Ahora que Roa ha muerto, a las dos y veinte minutos de la tarde del día de ayer, martes 26 de abril de 2005, es fácil traer a la memoria mis escasos dos encuentros con él en los primeros años de la década de los 90, evocación que compartiré al amparo del anonimato para no sumarme a la caterva de cuantos reivindicarán en lo sucesivo similares recuerdos. Lo vi por primera vez caminando ambos por la calle Presidente Franco una mañana de domingo de un mes que no puedo precisar, aunque era un día soleado y más bien caliente, pese a lo cual él iba vestido con un blazer aparentemente abrigador. Íbamos en direcciones opuestas. Al reconocerlo, me permití una aproximación intempestiva; supuse que estaría acostumbrado a ellas. Crucé la calle –desierta–, lo saludé con una pregunta de respuesta obvia (“¿Don Augusto Roa?”), me presenté lacónicamente (no había mucho qué decir fuera de mi nombre) y estreché brevemente la mano seca, débil y pulcra que me tendía. Aceptando acompañarlo en su paseo matinal, caminamos juntos una media hora, hablando más bien poco. Se estaba bien a su lado. Me despedí e intercambiamos nuestros teléfonos. Pese a ello, me sorprendió recibir unos días después su llamada, a casa de mis padres, donde yo vivía por entonces. Nos volvimos a reunir en la cafetería del hoy deteriorado Hotel Guaraní, donde él residía temporalmente en aquellos días. Fue la última vez que nos vimos, pues he de decir que poco después –me permito comentar algo tan personal meramente para esclarecer que nunca desdeñé (lejos de mí tal cosa) esta relación y que se interrumpió por otras razones– me apartaría, durante un periodo relativamente prolongado, de todo contacto humano, sin excepción, por motivos que no es pertinente relatar aquí y que son exclusivamente de mi privada incumbencia, llegando a negarme incluso a contestar el teléfono. (Reitero que esto no tenía ninguna relación con la persona de don Augusto en particular, siendo una medida aplicada sin discriminación, y por espacio de unos cuantos años, a todo ser humano.) Pero lo que quiero recordar aquí es esa última tarde. No, sin embargo, para señalar los contenidos de las frases intercambiadas en aquel café. Las mías son irrelevantes, y mi imperfecta transcripción no haría justicia a las suyas, ahora que está tan distante aquel día. Quiero recordar solamente, de la impresión que aquel hombre, al cual, empero, conocí tan poco y tan superficialmente, me dejara, un rasgo significativo y que se suele soslayar en sus apologías: don Augusto era, o me pareció que era, lo que antes se llamaba, de manera quizá un tanto cursi, “un caballero”. Sin asomo de afectación en lo absoluto, su trato era de la más sutil gentileza y estaba impregnado de una delicada cordialidad verdaderamente, por así decirlo, “aristocrática”. No había en él ninguna distancia incómoda, pero jamás incurría en un exceso de confianza. Un anciano caballero chapado a la antigua, que, pese a mis desteñidos vaqueros, me esperaba en pie ante la puerta del lugar de nuestra cita, me precedía eficazmente para abrir la puerta y cederme el paso, me apartaba la silla, anticipándose al mozo, para permitirme tomar asiento, sin que hubiera en todo esto –y en otros mil detalles análogos que sería ocioso enumerar– el más ínfimo menoscabo de su naturalidad. Sé que fue odiado por más de uno y, pese a que no intenté un reencuentro al salir de mi encierro (presumí que, después de tanto tiempo, habría olvidado ya nuestro trato, tan fugaz), sé que en sus últimos años se rodeó de arribistas. Ignoro, pues apenas lo conocí, si eran fundados los rencores que algunos albergaban contra él, e ignoro también los motivos que pudo tener para frecuentar ciertas compañías. No pronuncio, pues, más juicio sobre su persona que el que mi escaso saber sobre ella me permite. Un viejo caballero, chapado a la antigua, más fácil de imaginar en el siglo XVIII que en el XX o el XXI, incapaz de salpicar sus frases –perfectas, pese a ser improvisadas; las desgrabaciones de sus entrevistas en los diarios no le hacen justicia– en cualquier conversación con ninguna expresión del argot callejero que pudiera dar una impresión de contemporaneidad. Situado extrañamente fuera del presente, era un anciano anticuado y exquisito que nunca alzaba la voz ni incurría en un gesto zafio o en una falta de buen gusto. Es, en general, un grato recuerdo, pero produce la sensación melancólica de que con él han muerto todo un mundo y una época. Para decirlo con un tópico expresivo, “los viejos y buenos tiempos”.

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