kurupí akärakú paraguay akärakú kurupí paraguay akärakú paraguay akärakú paraguay

KURUPÍ, ÚLTIMO BICHO PILINGÜE Y VELVET-MAKÁ-URBANIZADO KE HALA Y FALA EN ESTE BLOG SU SECRECIÓN LINGUÍSTIKA, ESE PORO'UNHOL (PORTUGUÉS 10 % ESPAÑOL 70 %; GUARANÍ PIKANTE 20 %) SERÍA EN EL FONDO DEFINIBLE COMO UN SAN CULOTTISMO POÉTIKO, GRITO A CALZÓN KITADO, PENE ERECTISMO FULL TIME, UNA FALANGE ANARKO-PARA-MILITAR DE LA LETRA, UNA ALUCINAZIONE PARANOKIA-KRÍTIKA DEL DAS KAPITAL YANKEE, Y SU MAYO DEL 68 UN TSUNAMI-YIYISMO SIN BOMBACHA PRA XUXU, UN BAILE DE SAN VITO TEVINANDÍ PAGUASU!!!

jueves, abril 21, 2005

EL DESPRESTIGIO DEL OCIO

En su excelente libro de ensayos El peatón inmóvil (Editorial Pandora, Jalisco, 2003), un kurupí mexicano, el poeta Luigi Amara, equipara lúcidamente la pérdida en prestigio, a los ojos de los más, del "tiempo libre" (por lo general percibido como "tiempo vacío" o incluso "muerto") con la ganancia en barbarie propia de nuestra época vulgar. Ceguera esta que llega al punto de que, como bien señala nuestro amigo Luigi, "Una vez que nos encontramos con una tarde a nuestra entera disposición se ha vuelto habitual que, de manera más física que figurada, y más opresiva que angustiosa, el aburrimiento nos enrosque lentamente con sus delgados hilos de fingida voluptuosidad; y envueltos en un capullo estéril que bien podría estar confeccionado con nuestra propia baba, terminemos mecidos en un vaivén horripilante que toca los extremos del bostezo y la desesperación. Entonces lo único que añoramos es volver a nuestra trabajosa rutina, antes de que nuestro propio vacío termine por convertirse en asfixia". En efecto, ¿quién no ha visto enturbiadas y envenenadas sus pocas horas de libertad por la insidiosa vocecilla de esa suerte de Daimon socrático degenerado hasta la estulticia que susurra, inoportuno: "Deja de perder el tiempo"? Es la torpe idea de la "responsabilidad" mal entendida: se considera que somos "irresponsables" cuando no nos dedicamos sin tregua a la vil tarea de acumular monedas para pagar las cuentas de la luz y el agua, para cumplir con nuestras "responsabilidades" laborales o para "progresar" (¿hacia dónde? El final del camino es uno para todos –la tumba–, por mucho que se "progrese"). En realidad, todas estas no son nuestras responsabilidades, sensu stricto: no las hemos elegido ni decidido nosotros (nos han sido impuestas), y, por ello, en buena cuenta, no somos verdaderamente "responsables" de las mismas. Ahí reside su magnetismo: estas "responsabilidades" nos eximen de toda responsabilidad real. El espanto ante esa "tarde a nuestra entera disposición" de la que habla Luigi resulta de nuestra flaqueza para asumir una responsabilidad auténtica: en esa mítica tarde sí seremos responsables de lo que hagamos con nuestro tiempo. Tarde que se presenta crepuscular a nuestra memoria, porque ya la hemos vivido en el pasado: la larga tarde a nuestra entera disposición de la niñez, antes de haber aprendido, por desgracia, a tomar demasiado en serio las palabras maternales: "¿Por qué no haces algo?" (como si dibujar, leer o simplemente pensar fueran una "nada" o no fueran "algo"). Es por ello sin duda que el poeta Leopoldo María Panero (quien, por cierto, y como es bien sabido, tiene desde su juventud a su entera disposición la vasta tarde libre de la esquizofrenia, privilegio trágico cuya gloria espanta a los más) decía que en la infancia se vive y que durante el resto de la existencia meramente se sobrevive. La iniquidad del cálculo y su música prosaica de monedas "contantes y sonantes" aplicada al tiempo, nuestro único tesoro, como a una mercancía, de acuerdo a los preceptos del Libro del hombre de bien de Benjamín Franklin ("El tiempo es oro"), esta mirada mezquinamente burguesa que nuestra edad inicua arroja al mundo, se ha recubierto de un inmerecido y siniestro prestigio en nuestros días, llenos de desprecio hacia el "ocioso". "El trabajo ennoblece", se nos dice. Antaño mancillaba; eran épocas más aristocráticas. Se ha llegado a la paradoja –en principio, anticristiana– de establecer una relación casi de sinonimia entre lucro y virtud, términos que debieran ser vistos como antitéticos. Frente a este imperio de la confusión conceptual y axiológica, frente a esta, para decirlo con Swift (y con Kennedy Toole), "conjura de los necios", proponemos, no sólo "el derecho a la pereza" proclamado por Laforgue, inspirado y ocioso yerno de Marx, sino la pereza como deserción. Deserción de un sistema que ha hecho de la laboriosidad forma y contenido de la vida; deserción riesgosa y probablemente fatal que ennoblece con la invisible gloria del abismo y de la rebelión contra la miopía burguesa de nuestra era a esas figuras paradójicamente despreciadas, a esas siluetas hechas de bolsas de plástico, de harapos pestilentes y de cartones y papel periódico que pasean su dignidad ignorada sin vanagloria por nuestras calles y nuestros manicomios.

No hay comentarios.: